LA LIEBRE Y LA TORTUGA
(Antes que nada una aclaración: el título no responde a una cuestión de meritocracia sino simplemente al orden alfabético, ya que algún orden hay que tener y ninguno más antiguo y más justo que ese. Dicho esto vamos al texto).
No sé si será porque tuve un novio de Pehuajó o porque me gusta el 'patchwork' pero me identifico con las tortugas. O también porque a mi nieto lo subyugó la Manuelita de María Elena Walsh.
Son silenciosas, pausadas, les gusta como a mí el mar y los pastos verdes. Claro, un poco tímidas, cuando algo las asusta meten todo adentro: las patitas, la cabeza, la cola, y se quedan quietitas como una pieza de alfarería o más bien como el mosaico de algún artesano morisco. Pero no son de piedra y cada tanto hasta hacen el amor.
Claro que siempre se quedan atrás en el camino pero quién puede asegurar que adelante no sea atrás. Muchas veces ha pasado, aunque los discursos digan lo contrario.
Y no siempre son tan lentas: de chiquitas se las ve ir corriendo por la arena para adentrarse en el mar, en una carrera en las que le va la vida. Ahí se ve la diferencia entre niños y adultos, qué rapidez en los primeros tiempos de vida y cómo las que sobreviven a esa carrera adquieren una quietud y un silencio parecido al de la sabiduría, en ese estado intermedio entre piedra y carne palpitante. Algunos niños y algunas almas sutiles llegan a descubrir el alma de estas piedras vivas.
Las liebres siempre les ganarán la carrera, tan rápidas y tan seguras de sí mismas como son, aunque muchas veces una bala asesina les parta el corazón. Eso no les pasa a las tortugas porque todas traen chaleco antibalas como el poli de la esquina.
Y aunque las liebres sean de luz, cada tanto alguna tortuga, como vos o como yo, tal vez llegue primero al podio. Como la de la conocida fábula. Al menos, vale la pena el intento.
muy bueno,amiga
ResponderEliminarMariela