POBREZA, MUJERES, ABORTO
Extraído de la novela "NO ES UN RÍO" de SELVA ALMADA (2020).
Igual la culpa es mía.
Dijo.
No tendría que haberla echado a perder tan rápido. Pero
me gusta montar en pelo, qué le voy a hacer.
Dijo y largó una carcajada.
Enero pensó qué podía haberle visto la chica a
Arroyo. Fuera del uniforme, Arroyo era un muerto de hambre igual que cualquier
otro del pueblo.
Mientras comían el guiso recalentado, su jefe, como
si le hubiera leído la mente, le dijo que el pueblo estaba lleno de guachitas
con ganas de un hombre hecho y derecho como ellos dos. Que podía servirse de la
que quisiera que nadie le iba a decir nada.
Acá es así.
Una vuelta casi tuvo un hijo. Una muchacha con la
que se había estado acostando desde hacía un tiempo quedó embarazada. Ella quería
tenerlo al nene.
Mirá si voy a tener un hijo con vos.
Dijo Enero.
La muchacha se había puesto a llorar.
Bueno, bueno.
Dijo Enero.
La abrazó para consolarla y terminaron cogiendo.
Después ella se había quedado dormida. Enero prendió
un pucho y la miró desnuda, despatarrada sobre la cama. Fea no era y se ve que
como estaba de encargue se había puesto más tetona. Le pasó la mano por el
anca, tenía la piel suave… Si le daba el gusto a la chica y tenían ese hijo,
los amigos, la noche, la pesca, todo se iba a terminar…
Dame unos días y arreglo todo.
Dijo.
Ella siguió sonriendo como una tonta, sin comprender
a qué se refería exactamente…
Unos días después Enero juntó la plata y pasó a buscarla
por la casa. Apenas verlo la cara de la muchacha se apagó. Enero le dio un beso
rápido en la mejilla. El viejo había vuelto del viaje y le prestó el auto. Subieron
cada uno por su lado, ella con la cabeza gacha.
Enero arrancó y le dio unas palmaditas en la
rodilla.
Una cosa es divertirse un rato y otra armar
familia.
Dijo.
... La mujer los hizo pasar a la cocina y le preguntó a
Enero si tenía la plata. Él le dio el rollo de billetes y la mujer lo contó
delante de ellos.
Está bien.
Dijo.
Vos esperá acá.
Dijo.
Y vos vení conmigo.
Dijo.
La muchacha la siguió, con pena y con vergüenza.
… Al rato la mujer de Gutiérrez entró de vuelta en
la cocina, con la chica. Enero se paró, en señal de respeto por la dueña de
casa. La muchacha tenía la vista clavada en el piso. En cambio la mujer del
curandero lo miró directo a los ojos.
Vos, si no querés hijos ¡capate!
Dijo.
El camino de vuelta lo hicieron en silencio. La muchacha
miraba, como ida, por la ventanilla. Tenía las manos juntas sobre el regazo. Enero
quiso decir algo pero no le salió nada. Ella tampoco esperó, abrió la puerta y
se bajó rápido. Entró por el portoncito de alambre que separaba la casa de la
calle, sin volver la cabeza.
Enero nunca más la vio.
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